Ecos de la primera Muestra Nacional de Dramaturgia

Por Pedro Celedón

Soy un dramaturgo, especie desaparecida hace décadas, algo así como un dinosaurio. Pueden tocarme, peñiscarme y tirarme maní. No muerdo, no  huelo mal y ni siquiera puedo reproducirme en cautiverio”

Jorge Díaz

 

Realizar la bitácora de esta Muestra Nacional de Dramaturgia, que cumple su XVII versión,  incentiva a preguntarnos - aunque sea brevemente-  cuál ha sido el pasado de este evento sostenido por el esfuerzo mancomunado de realizadores y agentes del estado. Sabemos, por lo expuesto en esta página web, que su primera versión se realizó entre los años 1994-1995, periodo de transición entre los gobiernos de Patricio Aylwin y  Eduardo Frei Ruiz - Tagle.

El teatro que había sido un puente altamente frecuentado para vincular arte y política, acogiendo  y divulgando discursos silenciados en dictadura,  entraba en esos años en una revisión profunda de sus contenidos y poéticas, buscando nuevos temas, estéticas y públicos.

Las tendencias del teatro chileno de mediados de los ‘90 se sintetizaban en tres vertientes principales: la que pasa por el autor, que monta sus propias obras, como lo venía realizando Ramón Griffero ; otra que montaba la obra desde el reciclajes de textos, como lo hacía en forma ejemplar Alfredo Castro (Trilogía de Chile);  y aquella que se nutría desde la dupla dramaturgo/director como con-creadores del espectáculo,  vertiente donde el autor Galemiri y el director Goic eran un ejemplo luminoso.

A riesgo de generalizar, podemos decir que durante ese quinquenio la tendencia de la escritura dramática estaba encariñada con el lenguaje fragmentado, la construcción de imágenes plásticas y una retrospección interesante que hacia viajar al teatro a espacios profundos de lo humano, abandonado esa dramaturgia guiada por la urgencia de los problemas sociales a los cuales enfrentaba obligatoriamente la barbarie de los diez y siete años anteriores.

El teatro vivía un momento de vigor y esto se reflejó en la cartelera teatral de ese enero de 1995, en el cual se montaron fragmentos de treinta minutos de los textos teatrales ganadores de la primera muestra. Si observamos solo en el área Metropolitana,  veremos que en ese enero se realizaron varios festivales: el incipiente Teatro a Mil,   los festivales de teatro de de las comunas de La Florida, El Bosque, La Pintana, San Miguel, Ñuñoa, La Cisterna, Cerrillos, Maipú, Pudahuel, Las Condes (Parque Araucano).

Sin embargo – y esto es un aspecto fundamental para entender los motivos del surgimiento de esta Muestra -  esa nutrida cartelera estaba constituida solo de un 20% de textos de autores nacionales, según se puede constatar en artículo de Verónica Marambio en el diario La Nación del 31 enero 1995.

El equipo responsable de la muestra había realizado en 1994 un diagnóstico considerando que existían aproximadamente 160 autores dramáticos nacionales que escribían  permanentemente para el teatro, contribuyendo en su conjunto con más de 500 obras. Sin embargo, esto no se reflejaba en los montajes,  lo que implicaba claramente una separación de los directores y grupos del trabajo de los  dramaturgos. La muestra se levanta  entonces para incentivar sus conexiones.

La convocatoria se realizó desde Pablo Halpern, Director de la Secretaria de Comunicación y Cultura (SCC),  Ana María Foxley,  Jefa del Departamento de Cultura de la SCC, y Alejandro Castillo, (actor) quien asume el cargo de Asesor Artístico de la Muestra, afirmando que esta nacía para incentivar “la base del fenómeno teatral: la dramaturgia, y establecer un vinculo creativo con directores y actores”,  lo cual, a nuestro juicio, se cumplió en plenitud.  La Muestra también nacía para facilitar el encuentro entre una obra exhibida a través de un fragmento que operara como bosquejo (cada montaje duraba 30 minutos) y el mundo privado que financiaría su posterior puesta en escena, gesto que una vez más no tuvo cumplimiento en nuestro Chile donde la enorme mayoría del empresariado no tenía - y no tiene - vocación de mecenazgo.

Las obras ganadoras en el Primer Encuentro Nacional de Dramaturgia fueron diez. Tres de ellas escritas por autores consagrados y siete por principiantes. Fueron  elegidas en el mes de diciembre 1994 - entre un universo en que concursaron 67 obras-  por un jurado presidido por Jorge Díaz, dramaturgo y Premio Nacional de Arte,  y compuesto por Delfina Guzmán (actriz), Héctor Noguera (actor), Francisco Pérez (estudiante de teatro), Carolina Oyarzún (crítica teatral), Sergio Castillo y Ana María Foxley (desde el equipo de SCC).

El primer encuentro, en su etapa de montaje, se cristalizó en el Anfiteatro del Museo Nacional de Bellas Artes, espacio a la época recientemente construido para la X Bienal de Arquitectura y que, aun en su precariedad, respondió en forma adecuada a las tres jornadas en que se mostraron las obras y fueron dadas “a tablero vuelto”. El éxito de las tres jornadas se debió en parte al minucioso y eficiente trabajo que realizó Herber Honckers, artista visual y escenógrafo belga, que había colaborado activamente con Ramón Griffero y que fue un  referente para la escenografía local hasta su muerte, un año después de este primer encuentro. Honckers, a quien va aquí nuestro reconocimiento,  estuvo a cargo la difícil e inédita tarea de preparar sobre un mismo escenario la atmósfera para los diez montajes. En La Tercera del 26 de enero explicaba, “la idea básica que motiva este trabajo es la de compartir contenidos, formas y estilos,  en una suerte de aventura colectiva  que obliga a pensar una escenografía con elementos modulares que se adapten a los requisitos de cada obra”.

En el evento participaron alrededor de 120 personas, entre artistas y técnicos, contándose entre ellos a grandes representantes del teatro nacional (como se podrá verificar al final de este texto) quedando claro en ese gesto que no era la TV - muy fuerte en esa época en sus ares dramáticas - el espacio de su verdadera elección.

Es pertinente nombrar al menos aquí a los textos  ganadores, sus autores, el director y el  elenco que puso en escena un fragmento de ellas.

Los desiertos miserables escrito por Gerardo Cáceres, fue dirigida por  Andrés Pérez y contó con las actrices Coca Guazzini, Tamara Acosta, Roxana Campos y el actor Francisco González.

Un dulce aire canalla de Benjamín Galemiri, fue dirigida por Alejandro Goic. Su elenco: Patricia Rivadeneida, Luz Croxato, Mateo Iribarren, Alejandro Tejo, Carmen Goic.

La gorda de Ramón Griffero, fue dirigida por Alfredo Castro. Elenco: Adriana Vacarezza, Carmina Riesgo, Sebastián Arrau, Luis Uribe.

La madre muerta de Marco Antonio de la Parra, fue dirigida por Rodrigo Pérez. Su elenco lo compusieron Tichi Lobos, Gaby Hernández, Roberto Navarrete, Norma Ortiz.

La catedral de la luz de Pablo Álvarez, fue dirigida por Aldo Praodi. Con Paulina Urrutia, Pachi Torrealba (actriz, bailarina, miembro de la Compañía de Mimos de Noisvander, la “Berta” La Negra Ester, una artista talentosa y generosa fallecida el año 2010 en y a quien va acá nuestro sentido homenaje), Sol Henríquez, Felipe Castro, Francisco Melo, José Soza, Rolo Pulgar, Pablo Álvarez, Renzo Briceño.

Viejas de Christian Ortega,  fue dirigida por Jaime Vadell,  con el magnífico trabajo de las actrices  Yoya Martínez y  Ana Gonzalez

Nina de Sandra Cepeda, fue dirigida por Paulina García. Su elenco: Erto Pantoja, Hugo Medina, Naldi Hernández, Yani Núñez.

Juanito Madera de Roberto Matamala, fue dirigida por Ariel Guzmán. Elenco: Franco Ruiz, Isabel Navarro, Toño López, Ely Schütz, Pamela Oyarzo, Marcelo Sánchez, Marco Antonio López, Marcela Urrutia, Ema Chacón.

Signos Vitales de Marcelo Sánchez, fue dirigida por Ramón Griffero. Con los actores Alejandro Silva, Mario Poblete, Mauricio Aravena, Alex Zisis y la actriz Francisca Márquez.

El Encuentramiento  de Juan Radrigán, fue dirigida por Willy Sembler. Su elenco: Luis Vera, Daniel Muñoz, Gonzalo muñoz, Maricarmen Arrigorriaga, Carolina Ximeno, Silvia Marín, Javier Rodríguez, Sandra Lerna, Paula Canales, Rodolfo Pedraza, Jorge Larrañaga.

Como expusimos anteriormente, con solo leer los nombres de estos participantes podemos evaluar el alto nivel de convocatoria que tuvo esta iniciativa que Marco Antonio de la Parra celebró en un artículo del diario más interesante que se ha publicado en el Chile de la pos-dictadura,  La Época,  proclamando “el retorno del escritor al mundo del teatro (...) la vuelta al texto tras el deslumbramiento con el espectáculo”.  Celebraba en su artículo  “la fiesta de la dramaturgia  y el verdadero salto al vacío que implica el vigorizar a la escritura teatral”. Hacia énfasis al igual que otros críticos de  ese momento como Ibacache y Carolina Oyarzun,  en la diversidad de las propuestas y la capacidad de estas para captar el alma nacional cristalizando los tiempos que se vivían y dando cuenta  del estado del arte dramático en una dimisión actual y vasta.

El éxito del evento se puede medir también en el desbordamiento de las intenciones iníciales de sus propios promotores quienes aseguraban a través de Alejandro Castillo, que “solo habrían dos versiones más  y con ello culminaría el ciclo”. Estamos seguros que Castillo contará esta prospección como un feliz equivoco, ya que la muestra continuó convocando con las mismas intenciones y dinámicas durante cinco versiones que en conjunto ofrecen un medio centenar de textos nacionales aportando a la consolidación de una buena cantidad de dramaturgos incentivados a escribir gracias a  que este espacio existía.